Sobre fobias y filias

Estamos acostumbrados a escuchar todos los días dos palabras muy arraigadas dentro de nuestra cultura política actual: la “xenofobia” (odio a los extranjeros), la “islamofobia” (odio a los musulmanes) y todas aquellas “fobias” derivadas hacia todo lo que no es propio de nuestro marco cultural originariamente hegemónico y dominante. Hasta aquí todo perfecto, ya sabemos de qué va la cosa. Sin embargo, ¿qué ocurre con sus absolutos opuestos?

Cambiemos de tercio (por una vez) y hablemos de la “endofobia” y de la “xenofilia”. Dos tipos de comportamientos sociales (por no decir cuasi patologías) que, a día de hoy, son imperantes en la sociedad actual. Mucho más que la xenofobia (y todas sus fobias) hacia ese concepto denominado sociológicamente como la “otredad”; lo distinto a lo propio, lo diferente, el otro. Ya que ambos (endofobia y xenofilia) son términos (curiosamente no recogidos por la Real Academia Española) que conforman toda la cosmovisión de la actual cultura política hegemónica y dominante; desde la izquierda a la derecha liberales.

Se entiende por “endofobia” como «el desprecio a la propia cultura, así como al rechazo a las características propias del grupo social al que pertenecemos, e incluso la burla hacia la propia nación» (Proyecto Ambulante, 2020, 22 de febrero). Mientras que por “xenofilia”, a aquella predilección o filia que hace que la persona que la sufre sienta una predilección desmedida por aquellas otras de orígenes culturales diferentes al suyo; llegando este tipo de individuos a faltar al respeto a su propia cultura y tradiciones (Conceptodefinición.de, n.d.). El extremo de la xenofilia aparece cuando esta llega a convertirse en obsesión, y entonces se habla de “xenomanía”, pudiendo derivar tanto en comportamientos autodestructivos como perjudiciales para el colectivo al que se pertenece.

¿Vivimos en una sociedad realmente endofóbica y xenofílica o en verdad se impone este tipo de pensamiento? Dejaré que la respuesta se la plantee el propio lector. Mientras tanto, yo me voy a centrar en los aspectos de esta problemática relativos a la Seguridad, concretamente cuando se trata en este ámbito a la islamofobia como un problema (como la amenaza real que es), pero, por el contrario, no de igual forma a la islamofilia. Es más, a esta última, directamente, ni se la trata. Se desconoce. No existe. Para ello, voy a recuperar unos fragmentos de mi Tesis Doctoral (disponible en https://enriqueariasgil.blogspot.com/p/publicaciones.html), en la que propuse una serie de contramedidas para frenar el fenómeno terrorista de los “lobos solitarios”; entre las que se encontraban desarticular la islamofobia y la islamofilia. De igual forma. Sin perdón. Allá vamos.

Respecto a la primera, tal y como afirmaría la presidenta de la Plataforma Ciudadana Contra la Islamofobia, Amparo Sánchez Rosell, esta amenaza «alimenta conductas de odio, discriminación, hostilidad e incluso agresiones y violencia; se expresa mediante discursos prejuiciosos, ofensas, mensajes de aversión y también fanáticos que construyen escenarios donde pueden ser cometidos delitos o crímenes de odio» (Rosell Sánchez, 2016, 5): provocando, no solo la exclusión de los colectivos inmigrantes, sino también el que las personas que se conviertan al islam acaben siendo «extranjerizadas» (Vasallo, 2016, 24), una versión postmoderna de la figura del renegado de la Inquisición medieval. Así, según la profesora y activista Brigitte Vasallo, la islamofobia consistiría en aquellas actitudes que:

1) Entiendan «el islam y las personas musulmanas como una entidad monolítica o estática, incapaz de adaptarse a nuevas realidades» (Vasallo, 2016, 25).

2) Definan a los musulmanes como aquellas personas «diferentes, separadas y ajenas (…) y sin valores comunes con otras culturas»: entendiéndolas «como inferiores, bárbaras, irracionales, primitivas y sexistas», y viéndolas «como enemigas agresivas, amenazantes, aliadas del terrorismo y del choque de civilizaciones» (Vasallo, 2016, 25).

3) Entender el islam como una ideología exclusivamente «política y militar», sin tener en cuenta su espiritualidad, su diversidad y sus contribuciones culturales (Vasallo, 2016, 25).

4) Rechazar cualquier crítica hacia Occidente por parte de individuos o colectivos musulmanes; “justificando” prácticas discriminatorias contra estas minorías y entendiendo la hostilidad hacia la religión islámica como algo “natural” (Vasallo, 2016, 25).

La islamofilia, por el contrario, según el catedrático de Ciencias Políticas Antonio Elorza Domínguez, consiste en toda aquella manifestación y encasillamiento, «que busca indiscriminadamente una estimación positiva, e incluso, una adhesión a los valores del islam», que tiende a ver en este «la expresión de una verdad absoluta y al mismo tiempo un bastión siempre asediado por fuerzas enemigas perversas a las cuales es preciso combatir y derrotar», buscando con ello,

«Legitimar el establecimiento de una Inquisición que impida, etiquetándola de islamófoba, toda tentativa de análisis crítico de las creencias y los usos en el mundo musulmán, con especial énfasis a la hora de deslegitimar el análisis de los posibles vínculos entre sus expresiones antidemocráticas y/o violentas -islamismo, yihadismo- y los supuestos doctrinales que ellas mismas proclaman» (Elorza, 2009, 10 de octubre).

Así, según Elorza, en la actual sociedad europea se corre el riesgo de la lepenización, «fomentad[a] en vez de combatid[a] por ese blindaje del conocimiento del islam (…) impuesto por los voceros de la islamofilia». De esta manera, según el catedrático español, «si no explicamos la diferencia entre ser musulmán e islamismo, la reacción xenófoba tendrá el campo libre» (Elorza, 2009, 10 de octubre). De este modo, siguiendo la tesis de Elorza, la defensa de la multiculturalidad y la diversidad religiosa no deben implicar un debate hermético y reactivo sobre su sustancia, de la misma manera que la islamofobia busca una dinámica análoga con el objetivo de mantener una sociedad monolítica.

Ambas perspectivas antagónicas deben ser desarticuladas con el objetivo de evitar la polarización de la sociedad, dado que conforman una dinámica que se retroalimenta, generando tanto guetificación, como expresiones de extrema izquierda y extrema derecha. De este modo, como señalaría el experto en inteligencia José María Blanco Navarro, «la polarización es la mayor amenaza para nuestro país. La diversidad de visiones y la divergencia son las bases de la democracia, y hay que defenderlas» (Blanco Navarro, 2018, 18 de abril).

¿Cómo? Se preguntará el lector. Recuperando los principios de libertad, igualdad y fraternidad tan prostituidos las últimas décadas por políticas disgregadoras y erráticas. Cambiando el paradigma del tratamiento del terrorismo en los medios de comunicación, en el debate político y en el mundo académico. Aumentando las políticas sociales para el conjunto de la población española, tan olvidada por nuestros políticos y creando auténticos ciudadanos de segunda clase. Creando narrativas alternativas que desarticulen los fundamentalismos religiosos en vez de contranarrativas estériles y absurdas. Acabando de facto con la actual polarización y entropía social tan vigente en la actualidad. Y fomentando el sentimiento de comunidad (cultura patriótica) como precursor de una auténtica cultura de seguridad y defensa que genere una sociedad realmente resiliente; y desde la praxis, no desde la teoría y los púlpitos académicos y militares.

Las fobias y las filias son extremos que se retroalimentan. Si queremos avanzar como sociedad, acabemos con ellas. Pero de igual forma. Si no, el caldo de cultivo para la polarización social (y sus consecuencias imprevisibles) está servido. O como diría Carlos Arguiñano: «rico, rico y con fundamento».

Enrique Arias Gil.
Doctor en seguridad internacional


Etiquetado ,

2 pensamientos en “Sobre fobias y filias

  1. Excelente articulo realmente sublime

  2. Excelente articulo realmente sublime

Deja una respuesta

A %d blogueros les gusta esto: